Cuando era crío, tenía un profesor que me dejó en el recuerdo, además de su frase “que lo duchen con salfumán” y la convicción en sus historias de héroes y villanos que siempre ganaba el héroe y perdía el villano, el pensamiento de que la vida de una persona es similar a una mesa y sus cuatro patas. Así tal cual... Vamos, venía a decir, que en el momento que fallaba una pata, la mesa perdía su equilibrio y se tambaleaba.
Pasó el tiempo y, poco a poco, conforme iba viviendo, me di cuenta que no siempre ganan los héroes ni pierden los villanos y que, en casa, de niño, tuve una mesa de cinco patas. Incluso ahora, sobre la que escribo, es de dos. Dos patas grandes y robustas.
En mi caso (no, tranquilos, no me voy a poner a realizar un minucioso estudio de las veces que me he sentido héroe o villano, ganador o perdedor, ya que tal vez sacara sorprendentes conclusiones), junto a cierta desgana hasta para escribir estas letras, una sofisticada e indiferente mesa de tres patas es la que me mantiene.
Es curioso ver, a falta de expectativas, como últimamente mis intereses, además de con la familia, se vuelcan en el deporte y las amistades. Y es curiosa, también, la desconexión total que me invade cuando me calzo unas zapatillas y me pongo a correr. El “súmmum” cuando se trata de viajar para ello.
Correr fuera de casa es una fiesta. Aunque siempre sienta, como decía el cantautor, la vacía pena del viajero que regresa, resulta gratificante compartir ilusiones, alegrías, preocupaciones, incluso decepciones.
Que razón tenía aquel cuando cantaba eso de:
“Ya nada es lo que era,
nuevos paisajes, nuevas fronteras,
delimitando mis gestos, mis costumbres.
Otra lumbre iluminará mis versos,
otros muertos mis soledades,
otras felicidades mis fiestas,
otras dudas mis certezas”
Cada “expedición” es toda una experiencia. Y es que, villano o no, un servidor siente cierta inevitable empatía y aprecio por ciertas personas a las que no ve en el día a día. Personas a las que con letras mayúsculas llamas amigo, con todas las consecuencias, con las que consigues hablar como contigo mismo... Caprichoso el ser humano consiguiendo que gente tan lejana en la distancia, resulte tan cercana y gente cotidiana resulte tan lejana, vaya.
Vale, va, no me pondré más sentimental, trataré sólo de ir añadiendo más patas a la mesa, que al fin y al cabo, es como todo: cuantos más pilares nos sostengan, menos nos tambalearemos después.
Otra cosa que haré será decirle a aquel profesor que en la vida, como en toda carrera, unas veces se gana y otras se pierde. La diferencia está en saber ganar y perder siempre como héroe, nunca como villano.
2 comentarios:
Jolín, me ha gustado.
Desde que te dedicas a "filosofar" en vez de contar crónicas llenas de detalles y tal, me gusta ... me gusta este cambio. Algo así he de hacer yo, dejar de escribir con tanto detalle porque ya no dispongo de tiempo para escribir, sino de tiempo para disfrutar cada momento.
Eso sí, siempre desde el héroe.
Un saludo Fer! Y las patas que hagan falta, que nnunca sobran. Pero bien fuertes, eh?
Besicos!
Querida Anna, escribe como más te guste, que también se puede disfrutar escribiendo, como héroes, por supuesto.
Me alegra que te haya gustado.
Un besico, templá.
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