jueves 4 de agosto de 2011

Cuentacuentos

Últimamente, cuando me pongo a escribir –si se puede llamar así-, no deja de rondarme la idea de si es más absurdo de lo normal, o no, lo que escribo. ¿Qué pensarán los que me conocen, y los que no me conocen, después de leer estos párrafos? Debería importarme poco, ¿no? Vamos a ello:

Los días pasan demasiado rápido. A estas velocidades, uno no se da cuenta de las cosas; intenta reflexionar y la misma inercia lleva a no ser objetivo con uno mismo. Es necesario detenerse o que te detengan –a base de, no sé, una decepción, una actitud...- para ver que no son tan fuertes los soportes y que se hace aguas mires donde mires.

Ahora, para no volver a ser estrellado, que no estrella de nadie –cosa que nunca he pretendido ser- procuro ir más despacio; se aprecian mejor las cosas, en principio se disfrutan más. Siempre me gustó contemplar paisajes, sentir el silencio, observar y escuchar. He preferido oír y callar, pues uno no es de palabra fácil y bien comulga con aquélla afirmación del comediante de bigote pintado en la que decía que era mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente. -Espero que el único aludido por la afirmación sea el que escribe ya que siempre ha pensado que hablando dejaría al descubierto la gran cantidad de defectos y carencias que guarda-.

El hecho es que, como observador, se aprende. Se puede llegar a comprender cada gesto, cada silencio, incluso hasta algún secreto. Cierto es que también llegas a equivocarte, pues hay cosas que no se ven con los ojos. Tal vez sea esa una de mis “taras”, la de sacar conclusiones tempranas partiendo de ciertos comportamientos. Pero no pongo excusas ni pido perdón; uno es como es... con sus virtudes y sus defectos.

De un tiempo a esta parte, he cogido el gusto por los paseos matinales –todo suma para estar en forma-. En ellos observo a gente cada mañana y voy creando historias, más bien cuentos. Está ese de la chica de la tienda de bolígrafos y plumas estilográficas, entre otras cosas, siempre vacía, pero ahí está, todas las mañanas, con su tienda en perfecto estado de revista montada con exquisito gusto. O la agencia de viajes de la esquina, con su solemne fachada en inox y sus sonrientes empleadas. ¿Cuántas veces habrán ayudado a cumplir los “sueños vacacionales” de sus clientes? ¿Habrán conseguido viajar ellas alguna vez a esos destinos, soñarán con ellos? O el feliz escaparatista de la típica tienda de moda que con mucho arte coloca esos cuerpos inmóviles ante la mirada de los que deambulamos ante su escenario.

Y la felicidad de esa niña sonriente en su carrito con el juguete más sencillo posible y, a su vez, el más importante para ella en esos momentos. Mírala que graciosa con su gorrito. ¿Qué pasará por su cabeza? Y sobre todo, ¿qué historias tendrá? ¿Recordará con los años que también fue niña? ¿Y su madre? La he visto con la mirada perdida... Esa madre a la que, su hija, le da casi la felicidad plena cubriendo otras carencias, arrancándole con un gesto una sonrisa, sacándola de ese otro sentimiento, no tan dulce, de verse encarcelada por su propia felicidad, impidiéndole atarse bandadas de pájaros a sus muñecas, como el poseedor del satélite B612, para salir huyendo de otros compromisos. O ese sombrío y triste portero que, día tras día, trabajando en su soledad, dejando pasar horas y horas en la entrada de un antiguo edificio con más historias todavía, no puede dejar de repetirse, ante la pregunta de si el vaso esta medio lleno o medio vacío, que da igual como esté si no consigue calmar su sed, su aparente frustración.

También podría hablar del cuento de aquel torpe sentimental que, con la maleta llena de fantasías, soñó con marchar a otras latitudes buscando nuevos horizontes, nuevas ilusiones y esperanzas a las que aferrarse. Un sueño muy lejano y equivocado que tal vez merezca un capítulo aparte. Sólo tal vez.

La cosa es que donde mire existe una historia. Cada cual tiene una, como las viejas ciudades. Historias que me resultan cercanas; unas más alegres, otros más tristes, otras contadas como cuentos, otras como verdaderos dramas, otras como verdaderas mentiras. Otras llenas de coraje, otras de rencor, otras frágiles... Cada cual vive su historia como sabe o puede, y, cada cual, se hace según a ella, creando una fachada más o menos creíble, haciendo, tal vez, un cuento de ella. Lástima que el alma sea invisible. Lástima que no sea nuestra carta de presentación. Razón tenía el domesticado cuando en su despedida dijo que sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos.

En fin, seguiré con mi cuento: nuevo y nada interesante capítulo sin suma, lleno de baobabs y volcanes donde últimamente no deja de llover.


jueves 21 de julio de 2011

Un gel, por favor.

Yo que creía estar de vuelta de muchas cosas y que, dentro de este gran circuito de diversas pruebas puntuables, elegía, con cuidadosa cautela, las batallas en las que merecía la pena competir. Nada más lejos de la realidad; al menos mi realidad.

Y es que no entran en los planes de uno ciertas competiciones que nos regala la vida, pero, la casualidad o el destino –vete tu a saber- quiso que, sin comerlo ni beberlo, aquí, el menda, se viera con dorsal puesto y en primera línea de salida dispuesto a dar el máximo de su existencia; cual valeroso inconsciente creyendo poder con todo y todos.

Todo corredor que se precie, previamente mira las características de la competición: distancia, desnivel, avituallamientos, incluso rivales... La cosa es que no reparé en tales minuciosidades. Ahora aquí ando, en plena pájara, con una salida a ritmo demasiado elevado, sin saber la distancia de la prueba ni su dureza; preguntándome dónde está el próximo avituallamiento; incluso pensando que, tal vez, sea una prueba en autosuficiencia donde nadie va a avituallarme.

Lo que daría por un gel en estos momentos, por un recuperador o un simple avituallamiento donde pudiera reponer fuerzas para seguir en competición. También podría optar por retirarme; aunque por no saber, no sé ni qué punto es el mejor para ello y cierto es que, las retiradas, suelen dar paso a lamentaciones.

En fin, creo que necesito un gel, por favor.

jueves 7 de julio de 2011

Héroe o villano

Cuando era crío, tenía un profesor que me dejó en el recuerdo, además de su frase “que lo duchen con salfumán” y la convicción en sus historias de héroes y villanos que siempre ganaba el héroe y perdía el villano, el pensamiento de que la vida de una persona es similar a una mesa y sus cuatro patas. Así tal cual... Vamos, venía a decir, que en el momento que fallaba una pata, la mesa perdía su equilibrio y se tambaleaba.

Pasó el tiempo y, poco a poco, conforme iba viviendo, me di cuenta que no siempre ganan los héroes ni pierden los villanos y que, en casa, de niño, tuve una mesa de cinco patas. Incluso ahora, sobre la que escribo, es de dos. Dos patas grandes y robustas.

En mi caso (no, tranquilos, no me voy a poner a realizar un minucioso estudio de las veces que me he sentido héroe o villano, ganador o perdedor, ya que tal vez sacara sorprendentes conclusiones), junto a cierta desgana hasta para escribir estas letras, una sofisticada e indiferente mesa de tres patas es la que me mantiene.

Es curioso ver, a falta de expectativas, como últimamente mis intereses, además de con la familia, se vuelcan en el deporte y las amistades. Y es curiosa, también, la desconexión total que me invade cuando me calzo unas zapatillas y me pongo a correr. El “súmmum” cuando se trata de viajar para ello.

Correr fuera de casa es una fiesta. Aunque siempre sienta, como decía el cantautor, la vacía pena del viajero que regresa, resulta gratificante compartir ilusiones, alegrías, preocupaciones, incluso decepciones.

Que razón tenía aquel cuando cantaba eso de:

“Ya nada es lo que era,
nuevos paisajes, nuevas fronteras,
delimitando mis gestos, mis costumbres.

Otra lumbre iluminará mis versos,
otros muertos mis soledades,
otras felicidades mis fiestas,
otras dudas mis certezas”

Cada “expedición” es toda una experiencia. Y es que, villano o no, un servidor siente cierta inevitable empatía y aprecio por ciertas personas a las que no ve en el día a día. Personas a las que con letras mayúsculas llamas amigo, con todas las consecuencias, con las que consigues hablar como contigo mismo... Caprichoso el ser humano consiguiendo que gente tan lejana en la distancia, resulte tan cercana y gente cotidiana resulte tan lejana, vaya.

Vale, va, no me pondré más sentimental, trataré sólo de ir añadiendo más patas a la mesa, que al fin y al cabo, es como todo: cuantos más pilares nos sostengan, menos nos tambalearemos después.

Otra cosa que haré será decirle a aquel profesor que en la vida, como en toda carrera, unas veces se gana y otras se pierde. La diferencia está en saber ganar y perder siempre como héroe, nunca como villano.

martes 10 de mayo de 2011

Carácter o destino

Sí, otra vez aquí. Otra vez quiero o necesito escribir. Aunque es algo parecido a un quiero y no puedo. Y es que no quisiera hablar de mis sentimientos más de lo justo, aunque podría hacerlo enmascarándolos en falsas palabras o superficiales pensamientos. Tal vez, así, pudiera no tener el miedo a sentirme ridículo con estos párrafos.

La otra tarde entrenando, una de esas solitarias tardes de lunes por montaña, iba disfrutando de cada zancada, de mis pisadas en la tierra, del olor a monte, de los arañazos de la coscoja y demás matorrales en mis piernas, de mi respiración, del silencio y el canto de los pájaros. Llegué a la cima que me había propuesto, paré, bebí, disfruté de la panorámica y fue entonces cuando me pregunté cómo había llegado hasta ahí (y no en el sentido literal de la frase).

Ahí, que no allí. Allí seria recuerdo, cosas pasadas de las cuales no me arrepiento. Habría preferido no pasar por algunas de ellas, pero bueno, han servido para madurar y fortalecerse. Que remedio ¿verdad? Lo más sensato es hacer recuento y quedarse con lo bueno, con lo aprendido, con la moraleja de las cosas. En fin... a lo que iba, ahí.

“Ahí” significa una forma de vida, entrenar seis días a la semana, levantarse algún fin de semana a las cuatro de la madrugada, descubrir parajes bucólicos donde correr y sus gentes, entrenar y viajar con el club. El club... Te preguntarás cómo he terminado en un club de La Vall de Uxó. La respuesta: no lo sé. Tendría que remontarme un poco más atrás, al momento en el que un compañero del foro de carreras me presentó al que es ahora mi entrenador. El foro, ese foro que ya no es lo que era... Todavía recuerdo la primera vez que intervine, a raíz del Ultra Alfondeguilla-Javalambre, y cómo, poco a poco, me hice un hueco en él.

En ocasiones, la ignorancia, o el orgullo más bien, hacen adentrarse en empresas poco recomendables dado el estado de forma. Eso fue lo que me sucedió con Alfondeguilla-Javalambre, que habiendo hecho, siempre acompañado, alguna carrera por montaña como “andarin”, pensaba que iba a comerme el mundo y fue, el mundo (la carrera en este caso), quien me comió a mi. Pero gracias a lo sucedido, empecé a entrenar un poco más, conocer gente maja y a dejarme ver más por carreras algo más cortas.

Y esa compañía.... Han sido varias de las que he aprendido mucho, pero ninguna ha hecho que variara mi rumbo. Aun así, sólo puedo darle las gracias por enseñarme e introducirme en este mundillo. Lamentáblemente digo “sólo”; Todas las cosas fingidas caen como flores marchitas ya que ninguna simulación puede durar largo tiempo. La conocí recorriendo un camino. Un camino muy agradable a su lado, que, en principio, compartíamos cinco amigos. Que tiempos aquellos... Ahora los trato muy poco, al igual que a otros muchos amigos. Como sabes, he cambiado mucho mis costumbres y, de un tiempo a esta parte, sólo me relaciono con gente con las mismas aficiones. A tres de ellos los conocí por el cuarto en discordia, entendiendo que yo era el quinto. Y este cuarto, fue compañero de pupitre en el colegio.

En fin, manda huevos... visto lo visto, que yo esté ahora corriendo por los montes, que te haya conocido, está originado por la elección de mis santos padres por ese colegio al que fui, en el que conocí a ese amigo, que me presentó a sus compañeros de facultad, que decidimos hacer un camino donde conocí a una chica a la que le gustaba la montaña y que, tras romper esa relación, empecé a correr huyendo. Huyendo de ver siempre lo mismo, los mismos paisajes, las mismas caras... y todavía no he parado de correr, por supuesto. De huir.... tal vez tampoco.

Conclusión: “Siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino.”

Espero no haberte aburrido con mis batallitas de abuelo cebolleta, pero mira, uno se pone a divagar y no sabe dónde termina. No creo en el destino, para nada, es más, hoy en día, hasta un solo “clic” de ratón, puede cambiarte la vida.

Y pensando en ello, ¿qué será lo siguiente que cambiará el rumbo? Siempre he dicho que no sé lo que quiero, pero sí lo que no quiero. Ahora digo que podría dar otro golpe de timón si, algo o alguien, mereciera mucho la pena. Eso sí, una de las pocas cosas que sé que quiero es no dejar de correr.

miércoles 13 de abril de 2011

Ciertos momentos





Ciertos momentos.... ¿Qué significará eso? A saber.... Había que ponerle un título a esta entrada. Suele ser así y no se me ocurría ninguno... Dicen que las personas son ellas y sus circunstancias... Y bueno, las circunstancias, suele condicionar a las personas, obligándolas, así, a tomar decisiones en momentos concretos de la vida. Esos ciertos momentos, son los que marcarán el rumbo, ¿no?. Va, céntrate, que me voy por las ramas.

Sí, ya ves... Me cansé de escribir. Me cansé de escribir de lo mismo, de batallas que empezaban a ser aburridas, monótonas. Me cansé de contarle al mundo (reducido, pero mundo) qué sensaciones tenía corriendo, cómo subía o bajaba... O simplemente cómo desfallecía en el intento. Entonces, pensé que a quién le podía interesar mis historias si no era un triunfador, si no iba a subir a un podium y, mucho menos, iba a ser campeón de nada. Dejó de ser novedad. Dejó de ser interesante, sin ningún tipo de aporte. Cierto es que existían más circunstancias que me ayudaron a dejar de escribir, pero, al fin y al cabo, como muchas cosas en la vida, se convirtió en rutina y terminó.

También he de decir que no soy ninguna eminencia escribiendo, así que tampoco iba a ponerme a disertar sobre el ser humano, la vida, la felicidad o el amor. Aunque no me habría importado; También me gusta divagar por esos campos. Además, esto se asemeja a una balanza descompensada, por llamarlo de alguna forma: cuando estás contento, motivado y sale buena carrera, puedes escribir entusiasmado su relato, pero, hete aquí, que para hablar de cosas algo más profundas, es necesario todo lo contrario... Curioso fenómeno el de la mente, ¿no? Y yo, lamentablemente, he ido bastante tiempo en una montaña rusa: ni balanza, ni equilibrio, ni nada de nada.

La cosa es que, ahora que empiezo a encontrar ese equilibrio (a saber por qué, no me lo preguntes), que empiezo a disfrutar de la soledad, del sillón de la terraza acristalada, de tus conversaciones, de la lectura, del banco que hay en el jardín, bajo de casa; Ahora que me marco unos horizontes, que las musas llegan a mi, que tengo una motivación, ahora, me apetecía escribir. Pero no quisiera caer en lo mismo...Para eso no escribo. Preferiría escribir de lo que me aporta correr, de esa humildad que genera, del compañerismo, de la capacidad de sufrimiento que se desarrolla, de la disciplina que supone y cómo se traslada a la vida cotidiana. De la admiración que siento por ciertas personas de este mundillo, de las amistades que he ganado (algún enemigo también. Una pena) o de esa gente, no tan cercana, pero con la que se tiene contacto: esos que ganan carreras, que suben a lo más alto del cajón, que encuentran su momento de gloria, que se sienten presionados y también tienen miedo de defraudar. De esos que madrugan, entrenan, doblan, trabajan y consiguen sacar más horas al día de las 24 estipuladas, conciliando así, obligaciones, responsabilidades.... familia, trabajo y entrenamientos... O simplemente escribir sobre lo divino y lo humano, si se diera el caso.

Sí, también lo sé: esta entrada resulta muy ambigua. Y es que... de dónde no hay, no se puede sacar. Aun así, de todo este absurdo, me gustaría escribir... En fin, hay tantas cosas que me gustarían y son tan... inalcanzables.... Aunque leí una frase que decía: “Don’t chase your dream. Work hard and your dream will chase you”. Tal vez esté en uno de esos ciertos momentos.